As vicissitudes da fortificação do estuário do rio Tejo

Bueno, iniciamos el año 2019 con un detallado recorrido por todas los castillos, torres y fortalezas del distrito de Lisboa, que esperamos sea de interés para las personas interesadas en estos temas.

Se trata de un conjunto amplio y dispar incomparable. Hay por desgracia demasiado abandono, muchas estructuras defensivas asaltadas por la especulación urbanística y abocadas a la ruina por el desinterés de las administraciones. Pero también hemos encontrado otras muy bien conservadas. Ojalá esa sea la tónica general en el futuro y se recupere tanto patrimonio, tan rico y de tanto interés.

Hemos optado por empezar por analizar las diferentes oleadas para la fortificación de la desembocadura del Tajo, que se pusieron en marcha en épocas sucesivas para la defensa de la capital. Un extraordinario conjunto arquitectónico, único y de gran interés. Que creemos que queda bien reflejado en los mapas de situación que hemos incluido al final de este post. En próximas entradas iremos visitando cada una de estas fortificaciones.

lisboa 1572 georg braun & frans hogenberg
Lisboa. Grabado de Georg Braun & Frans Hogenberg. 1572

As vicissitudes da fortificação do estuário do rio Tejo

A partir del inicio de la era de los descubrimientos Lisboa adquiere un papel extraordinariamente importante al convertirse en el centro de las expediciones y del comercio marítimo del reino.

Parecería pues que en aquellos tiempos convulsos los planes para su defensa debieron de ser bastante desarrollados. Pero no fue así. Apenas se contaba con las fortificaciones medievales de Lisboa y Cascais y el castillo de Almada en la orilla opuesta del río.

Desde que se inició la aventura de los Descubrimientos en las primeras décadas del siglo XV, sólo un rey, D. João II, en la última parte de ese siglo, puso en marcha un plan concertado de defensa del reino. Así, mandó reforzar y restaurar todas las fortificaciones de frontera (lo que provocó no pocas protestas de los vecinos españoles). En lo que se refiere a la defensa de la capital, acuciado posiblemente por los ataques piratas que perseguían a los barcos portugueses hasta la misma la barra del Tajo, cerca de Lisboa. La construcción de la Torre de Belém (que sólo fue levantada en el reinado siguiente) fue una respuesta a esta necesidad de control y defensa del acceso marítimo a la ciudad. Además se mandó edificar la torre de S. Sebastião da Caparica, en la margen izquierda, y en la derecha la Torre S. Antonio de Cascais, con amplias semejanzas con la de Belém.

Tuvo además este rey la iniciativa de pertrechar con cañones una serie de carabelas para patrullar el Tajo. La facilidad con que estas embarcaciones se podían mover y la innovación del tiro rasante al agua, las convirtió en temidas fortalezas móviles. Por otro lado, la peligrosa embocadura del río, repleta de trampas naturales, servía de elemento disuasorio a posibles ataques navales.

1598
Vista de Lisboa en un grabado de 1598

Pero desde luego todo ello fue bastante insuficiente. De hecho, la capital del imperio, donde afluían desde mediados de los siglos XV las riquezas de África, seguidas de las de la India, sólo no fue atacada y destruida por mero azar, ya que sus defensas dejaban mucho que desear. Pero en los reinados siguientes, las prioridades defensivas del reino se centraron en los territorios de ultramar. Durante los siglos XV al XVII las fortificaciones portuguesas se multiplicaron a lo largo de las costas africanas, de las dos orillas del Océano Índico y de la costa de Brasil. Así, respecto a la barra del Tajo, la única obra de relieve será la Torre de São Gião (embrión de la Fortaleza de São Julião da Barra).

En 1571 el ingeniero militar Francisco de Holanda, escribía al rey D. Sebastião que Lisboa apenas se encontraba protegida por las viejas Murallas Fernandinas y que era imprescindible un plan de defensa completo de la capital, adaptado a la guerra moderna. Cuando este monarca sube al trono, la defensa de la barra del Tajo tan sólo se sostenía en la citada Torre de São Gião y en las ya obsoletas torres de Belém y de Caparica y, sobre todo, en las carabelas que patrullaban el Tajo. Pero, a pesar de las alertas de Francisco de Holanda, D. Sebastião hizo oídos sordos a las necesidades de la defensa de la capital.

planta do rio da cidade de lisboa, felippe tersio. 1607
Planta do Rio da Cidades de Lisboa. Levantada en 1607 por Filipe Tércio para el rey Felipe II

No así Felipe II de España, que cuando accede al trono de Portugal en 1581, es plenamente consciente de la fragilidad de las defensas de su nuevo reino. En particular va a dar destacada importancia a la fortificación de la barra, ante la amenaza de ataques de la armada inglesa tras la alianza del Prior de Crato con la corona británica.

En función de los varios planes elaborados, se construyó el fuerte de S. Antonio de Estoril y se inició una proyectada ampliación del de S. Julião. El proyecto de modificación de la Torre de Belém no fue, afortunadamente, llevado a cabo. Y en la isla de Cabeza Seca en la mitad del río, se comenzó la construcción del futuro fuerte de S. Lourenço, más conocido por el Bugio. En Oeiras se levantó un fuerte donde hoy existe el de S. João das Maias. Y en Cascais, se amplía el baluarte de la antigua torre de San Antonio, levantada por João II, dando origen a la fortaleza de N.ª S.ª da Luz y -ya con João IV– a la Cidadela de Cascais.

Es con ese rey, D. João IV, en el marco de la Guerra de Restauración de la Independencia (1640-1668) cuando se puede decir que se toma en serio la cuestión de la defensa de la barra del Tajo para prevenir los ataques d ela entonces poderosa armada española. En efecto, en el Consejo de Guerra, en diciembre de 1640, las preocupaciones se centraron en el estado de los sistemas defensivos, en particular los que protegían los accesos directos a la capital. Cobra importancia entonces Cascais como llave de acceso a la barra del Tajo. D. António Luís de Meneses, nombrado gobernador de esta plaza, diseña un ambicioso plan para fortificar toda la costa entre Peniche y Xabregas (al este de Lisboa). En el marco de este proyecto, llevado a cabo durante la segunda mitad del siglo XVII, se realizó un extraordinario esfuerzo defensivo levantándose 48 fuertes, siendo los preexistentes acabados o modernizados.

De esta forma, durante la guerra de Restauración, se procedió a la ampliación de S. Julião da Barra, a la conclusión de S. Lourenço de Bugio, a la construcción de la Ciudadela de Cascais y de prácticamente, casi todos los fuertes entre Belém y la playa del Guincho. En la capital, por su parte, se construyeron el Baluarte do Livramento y el Fuerte de Santa Apolonia.

vista do paço real da ribeira em 1740
Aquarela del Paço Real da Ribeira en el que se aprecia el Fuerte del Paço do Terreiro. 1740

Tras el fin de la guerra el interés por la fortificación de la barra del Tajo de nuevo decayó. Para colmo, el terremoto de 1755 dejó sumamente deterioradas muchas de las fortificaciones existentes. Por ello -y por el estado desastroso del ejército- el Marqués de Pombal encargó en 1762 a uno de los más prestigiosos teóricos militares de la época, el Conde de Lippe, la difícil tarea de reorganizar el ejército y la defensa de Portugal. Además del difícil objetivo de transformar un ejército desorganizado y miserable (sin uniformes y cuyos soldados se veían a menudo obligados a pedir limosna a la puerta de los cuarteles) en una fuerza militar digna, Lippe mandó restaurar y artillar la mayor parte de las fortalezas portuguesas. Amén de la restauración de algunos de los fuertes preexistentes, la Barra del Tajo es reforzada por el fuerte de Catalazete y junto a la playa del Guincho se levantan tres baterías: Galé, Alta y Crismina. En la capital se construye de nueva planta el Forte-Quartel do Conde de Lippe.

lisboa antes e durante o terremoto de 1755 in gravura de mateus sautter séc. xviii
Lisboa antes y durante el terremoto de 1755. Grabado de Mateus Sautter siglo XVIII

Pero con la partida del Conde de Lippe y con el desinterés habitual de los tiempos de paz, la política defensiva se desvaneció. A finales del siglo XVIII los informes sobre el estado en que se encontraban las fortalezas de la barra describen, invariablemente, la misma situación: la mayor parte de los fuertes estaba desguarnecida de tropas (a excepción de las plazas de armas de mayores dimensiones). En algunos casos los fuertes servían de residencia familiar de algún militar. En cuanto al armamento la situación era desastrosa…

Con las invasiones napoleónicas de 1808-1810 se pone en marcha por primera vez un proyecto de defensa de Lisboa por tierra. Fue el general Arthur Wellesley duque de Wellington, bajo cuya dirección estaba el ejército anglo-portugués, el que hizo construir un conjunto de líneas defensivas de la península de Lisboa, más conocidas como Linhas de Torres Vedras, planteadas en tres líneas concéntricas. Y que sobre las que volveremos en este blog

En relación a la Barra del Tajo, en este contexto se preparó una línea semicircular que pretendía proteger la Praia da Torre, dominada por el fuerte de S. Julião, para garantizar el embarque de las tropas británicas en caso de que los franceses sobrepasaran las Linhas de Torres. En esta playa se construyeron cuatro pontones de madera para el embarque.

Esta línea semicircular se apoyaba al Oeste en el Fuerte de S. Domingos de Rana (al oeste de la Playa de Carcavelos) y al Este en el Fuerte S. João das Maias, unidos por una serie de fortificaciones provisionales -los reductos- a su vez relacionados entre sí mediante trincheras.

entrada da armada francesa no rio tejo 1831
Acuarela que representa la entrada de la armada francesa en el estuario del Tajo. 1831

Pasadas las guerras napoleónicas las defensas cayeron de nuevo en el olvido, demostrándose la fragilidad del sistema cuando en julio de 1831 una escuadra francesa liderada por Albin Roussin consiguió forzar la barra y fondear junto a la Torre de Belém en el marco de las guerras liberales

De hecho, para las últimas décadas del siglo XIX los avances de la artillería habían dejado obsoleto buena parte del sistema defensivo construido a tropezones durante los siglos precedentes. Por ello, en tiempos de Pedro V se elaboró un nuevo proyecto defensivo que tuviera en cuenta las nuevas técnicas de guerra. Pero no fue hasta casi cuarenta años más tarde, en 1899 con los trabajos sobre el terreno ya avanzados, cuando se crea oficialmente el Campo Entrincherado de Lisboa (CEL), englobando el conjunto de las fortificaciones de la capital, tanto por mar como por tierra.

El CEL tenía como fuertes principales: Sacavém, Ameixoeria, Monsanto, Alto do Duque y Caxias. Incluía el reducto de Montes Claros y el Fuerte de Bom Sucesso en Belém que había sido construido ya en 1780.

Pero ¡ay!, de nuevo el sistema de defensa en que se basaba el CEL ya había quedado obsoleto para el fin de la primera guerra mundial, aunque formalmente no fue desactivado hasta 1965. Por ello la mayoría de las fortificaciones dejaron de ser utilizadas como tales, siendo transformadas en depósitos, polvorines o prisiones.

Por fin, las vicisitudes de la defensa de Lisboa tienen su colofón durante la Segunda Guerra Mundial durante la que se reorganizó la defensa de la capital portuguesa. Además de las defensas de tierra y costa, se implementó un sistema de defensa aérea compleja, lo que, según algunos expertos, hizo de Lisboa una de las ciudades mejor protegidas en el mundo, comparable a Londres durante los ataques de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra, aunque nunca -afortunadamente- llegara a utilizarse.

franceso ambrosi 1780
Grabado que representa a Lisboa. Franceso Ambrosi. 1780

Perdido definitivamente todo interés militar, el sistema de fortificación del estuario del Tajo para defender Lisboa, que preconizó Francisco de Holanda, inició Felipe II y dio un fuerte impulso la guerra de Restauración, quedó progresivamente abandonado a partir de final del siglo XIX.

Después de ocupaciones varias, algunas de ellas volvieron a estar ligadas al Ejército o a la Marina y, por consiguiente, preservadas, conservando exteriormente, en rasgos generales, las primitivas estructuras. Otras, menos afortunadas, se fueron degradando, acabando por ser transformadas en discotecas o arrasadas para, en su lugar, construir hoteles, edificios, sanatorios o, simplemente, para construir vías de tren o autovías costeras.

Hemos tenido la suerte de poder visitar prácticamente todas estas fortificaciones, desde las mejor conservadas hasta las que sólo quedan restos. Y, sí, podemos asegurar que estamos hablando de un conjunto arquitectónico formidable y único, que merecería la mayor de las atenciones de los poderes públicos. Ese es el llamamiento con el que termino este post.

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