El castillo de Moguer se sitúa en la cota mas alta de la localidad. Desde allí su función era vigilar el curso navegable entonces del rio Tinto, que transcurría a los pies del cerro, y el puerto de Moguer. Hoy el río transcurre a casi tres km. del castillo. Perviven del mismo los muros perimetrales, con casas adosadas a ellos, pero los estos se encuentran consolidados.
Me parece bueno el texto de Manuel Fernando sobre este castillo en su blog “La Casa de la Tercia”. ¿Para qué duplicar trabajo? Lo reproduzco
LA HISTORIA
Los romanos se establecieron por aquí hacia el 150 a.C., pues cerca tenían sus industrias de salazones, en el río Tinto —que por entonces y hasta recientemente, era en gran parte navegable y discurría por aquí—, que para ellos fue el Urium. Pero como en toda la región, antes anduvieron por aquí otros pueblos que nos dejaron multitud de restos arqueológicos.
En la segunda centuria a.C., Moguer era simplemente una villa romana, fortificada con una torre, que más tarde ocuparían los visigodos y que en el siglo VIII los musulmanes convertirían en alquería. La llamaron Mogaguar o Mogur. Durante las primeras taifas perteneció a la de Huelva y una vez desaparecida ésta a la de Niebla.
Los cristianos la elevan a la categoría de aldea una vez conquistada por la Orden de Santiago hacia 1240. Como todo lo que se toma por estas tierras a los musulmanes, Moguer también pasó a manos del Reino de Castilla, dependiendo en este caso de la villa de Niebla. Y así estuvo hasta la creación del Señorío de Moguer que, durante largo tiempo, ostentaría el linaje de los Portocarrero, que ejercieron sobre las tierras y personas, el control del gobierno, la justicia, las haciendas y la milicia. A la vez que se convertiría en una población sobresaliente y próspera.

En 1369 recibe de Enrique II de Castilla el título de “muy leal” —aunque no sé por qué—. La segunda mitad del siglo es clave en la economía de Moguer, al conceder los Reyes Católicos prerrogativas a las embarcaciones que, procedentes de Canarias, África y Europa, atracaran en su puerto. Con lo que su riqueza y rentas suben como la espuma.
Terminando el siglo XV, Moguer ya es pueblo como es debido, pues dispone de un castillo, iglesia mayor, un convento, el de San Francisco, el monasterio de Santa Clara, un puerto, astilleros y una gran destacada actividad mercantil.
Y en ello que llega Colón y descubre América, y la participación de Moguer y su gente en tal gesta hace que se convierta en algo más que una simple villa portuaria.
Participó activamente durante los siglos XVI y XVII en la Carrera de Indias, y en la colonización de América, con lo que el pueblo vivió una época de gran enriquecimiento económico.

Al título de “muy leal” concedido en 1369 por el rey de Castilla, se unió en 1642 el título de ciudad que le otorga Felipe IV, a lo que hay que añadir el de “muy noble y muy leal” con el que en 1779 la distingue Carlos III, por lo que la ya ciudad es reconocida como “dos veces muy leal” —lealísima diría yo—.
Si a finales del siglo XV es la aventura de Colón, y sus consecuencias, quien da el impulso económico en Moguer, es en la primera mitad del XX cuando Juan Ramón Jiménez le da, a nivel mundial, el empujón cultural.
Y durante la segunda mitad de ese siglo XX, casi la totalidad de los escolares españoles leímos “Platero y yo”.
EL CASTILLO
El castillo de Moguer se ubica sobre la cota más elevada del casco antiguo. Hace siglos debió controlar desde esa altura, la desembocadura del río Tinto; hoy le resultaría imposible, tanto por los cambios topográficos como por su actual estado. Y es que el tiempo y el abandono al que ha estado sometido, no perdonan.
Su origen está en una torre romana construida para ese fin, y que los árabes ampliaron construyendo una alquería.
Hacia el siglo XI ya pudo tener las dimensiones y parecido aspecto al que hoy vemos, por lo que se podría decir que su origen es almohade. Aunque no fue hasta pasada su conquista por parte cristiana, a finales del siglo XIII, que no adquiere la traza actual —principios del XIV, entre los años 30 y 40, que es de cuando se tienen sus primeras noticias fieles—, debida seguramente a alarifes mudéjares a las órdenes de los caballeros de Santiago, que fueron sus propietarios durante más de treinta años.

Desde ese momento, y a su alrededor, comienza a configurarse el trazado urbano de la población.
Fue residencia temporal de los señores de Moguer durante sus visitas al lugar, a la vez que la habitual del alcaide. En los últimos años del siglo XV vivió en él Vasco Núñez de Balboa, por entonces paje y escudero del octavo señor de Moguer, Pedro Portocarrero; y animado por todo lo que allí vio, es por lo que se enroló en un viaje al Nuevo Mundo que terminó como ya sabemos.
Durante el siglo XVII y parte del XVIII también fue cárcel. El terremoto de Lisboa de 1755, cómo no, le afectó bastante; tanto, que se le declaró en ruina, por lo que se decidió abandonar su uso militar, a la vez que se autorizaba la construcción de casas a su alrededor, ahogando totalmente el edificio. E incluso se trazó una calle que lo dividía en dos, la calle Amparo, que hoy, curiosamente está dividida en dos por el propio castillo.
Una vez abolidos los señoríos en el siglo XIX, el edificio se utilizó como bodega y almacén.
LOS DETALLES
Se trata, ya lo dije más arriba, de un castillo pequeño, de planta casi cuadrada —entre 44 y 45 metros cada uno de sus lados— y del que nos han llegado pocos elementos, pero fácilmente interpretables: las cuatro torres, si bien incompletas, de sus esquinas y los lienzos de muralla que las unían. En total ocupa una superficie de algo más de 2.200 metros cuadrados.

Se dice que tuvo foso, pero está totalmente desaparecido, dadas las edificaciones que fueron ejecutadas sobre él.
Actualmente se accede por su fachada noreste junto. Pero anteriormente estuvo en su fachada noroeste, desde la calle Santo Domingo, en lo que hoy es el primer tramo de la calle Amparo. Desde ahí se entraba a un patio de armas amplio y porticado, rodeado de edificaciones: caballerizas, cocina, lavaderos, horno, etc., adosadas a las murallas. También tuvo otro patio, más pequeño, que distribuía dependencias residenciales.
Bajo el patio aún se puede ver un enorme aljibe, en muy buen estado, dividido en dos partes separadas por una arquería. Este aljibe no sólo sirvió agua a los ocupantes de la fortaleza, sino que durante décadas también surtió a parte de la población de Moguer.
Las cuatro torres son de idénticas características: cuadradas, de nueve metros de lado, con dos cámaras, la de planta baja de unos cuatro metros de alto, y la superior con algo menos altura; ambas dependencias estuvieron cubiertas con bóvedas de rosca de ladrillo y apoyadas sobre pechinas.
La que mejor se conserva es la de la esquina sur y en ella se han encontrado pinturas con motivos vegetales, por lo que se podría pensar que esa decoración fue extensiva a las demás torres.

En la fachada interior de cada torre, una puerta en planta baja comunicaba con el patio de armas. Las cámaras de planta alta se comunicaban entre sí a través del adarve de la muralla, que perimetraba todo el edificio, teniendo cada torre dos puertas, una cada adarve.
Todo el conjunto fue ejecutado en tapial, con encofrados de cajón corrido en los muros y partido en las torres. Apenas si se utilizó el ladrillo, sólo en las bóvedas del interior de las torres y en refuerzos puntuales de estas. Todos los muros y torres estuvieron rematados por almenas; sin embargo, no nos haya llegado ninguna información que nos dé certeza de ello. Pero por qué dudarlo.
Actualmente, la manzana que ocupa el castillo está rodeada de otras propiedades, a excepción del acceso mencionado por la calle Amparo y una plaza que se abre en su facha norte delimitada por la calle Castillo.
Un vídeo sobre el Castillo de Diputación de Huelva
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